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El Sumo Pontífice: nuestro Papa

 

Nuestro actual Papa es Juan Pablo II, el sucesor de San Pedro, la cabeza visible de nuestra Iglesia.

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Karol Wojtyla, nuestro Juan Pablo II, nació el 18 de mayo de 1920 en la ciudad de Wadowice, al sur de Polonia. El 1 de noviembre de 1946 fue ordenado sacerdote, el 23 de septiembre de 1958 es nombrado obispo auxiliar de Cracovia, el 13 de enero de 1964 es nombrado obispo titular de Cracovia, en mayo de 1967 es nombrado cardenal por Pablo VI y el 22 de octubre de 1978 fue investido Papa con el nombre de Juan Pablo II.

Nuestro Papa es un Papa que no pasa desapercibido. Forma, con Juan XXIII y Pablo VI el triunvirato pontificio que se ha encargado de llevar a la Iglesia al siglo XXI.

Para algunos nuestro Papa es demasiado conservador, y para otros demasiado revolucionario. ¿Dónde está la realidad?

Juan Pablo II revolucionó la manera de ver al Sumo Pontífice que teníamos los católicos y también que tenía el resto del mundo. El nuevo Papa, que se ponía un chándal y hacía footing por los venerables jardines del Vaticano, que bailaba con los niños, que no paraba de viajar y que se sentía más a gusto con los jóvenes que con los papeles de su despacho no era, ciertamente "un Papa a la antigua usanza". Juan Pablo II es el Papa que llegó del frío, que atravesó el Telón de Acero para llegar a Roma desde una Polonia dominada por la tiranía soviética que aniquiló a la bestia nazi para instalar en su lugar la bestia comunista. El Papa es hombre de fe inquebrantable, como inquebrantable es su voluntad. No nos es difícil imaginar las condiciones en las que se desarrolló su vida como seminarista en plena ocupación nazi, y cómo se desarrollaría su vida como sacerdote en plena ocupación soviética.

Juan Pablo II es un Papa militante, un Papa al que no puede reprochársele que no haya dado la cara por las víctimas de la tiranía, hasta el punto de ser tiroteado por un asesino a sueldo pagado por los servicios secretos búlgaros en plena Plaza de San Pedro de Roma. Como todo hombre, nuestro Papa tiene sus defectos, pero el de la cobardía no está entre ellos.

Teólogo conservador, es a la vez un político liberal que no ha dudado en sentarse con los jefes de otras religiones a orar por la Paz Universal, en ir a la Sinagoga de Roma, en visitar países comunistas como Nicaragua o Cuba o en acudir a una Tierra Santa ¡siempre ensangrentada! para dar testimonio. Y yo creo que es por esa valentía de espíritu que le infunde su inquebrantable fe en Santa María por la que Juan Pablo II pasará a la Historia.

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